El secretario general del PPS reafirma: «Ceuta y Melilla son marroquíes» y
El secretario general del Partido del Progreso y el Socialismo (PPS), Mohamed Nabil Benabdellah.
El secretario general del Partido del Progreso y el Socialismo (PPS), Mohamed Nabil Benabdellah, ha alzado la voz para condenar los recientes actos de «extremismo chovinista y de derecha radical» en España, que han llegado al extremo de quemar la bandera marroquí, símbolo oficial del Estado.
En un encuentro mantenido este viernes en la comuna de Ben Taieb, en la provincia de Driuch, Benabdellah expresó el «malestar y la indignación» de su formación política ante estas acciones, que, según denunció, buscan «explotar sentimientos negativos cargados de odio y rencor» con el objetivo de «sembrar la división, la inquietud y el conflicto entre los pueblos marroquí y español».
El líder del PPS, partido de izquierda histórico en Marruecos y miembro de la coalición gubernamental, subrayó que estos actos no solo atenten contra los símbolos nacionales, sino que «violan los sentimientos del pueblo marroquí», que, aseguró, «nunca aceptará» este tipo de provocaciones. Benabdellah recordó que Marruecos ha mantenido siempre una postura de «buena vecindad y cooperación» con España, a pesar de las diferencias, y que el Reino alauí ha priorizado la estabilidad en las relaciones bilaterales en todos los ámbitos.
En su intervención, el dirigente socialdemócrata dejó claro que, para su partido, «Ceuta y Melilla son ciudades marroquíes ocupadas», una posición que, aunque no es nueva en el discurso político marroquí, adquiere especial relevancia en un contexto de creciente tensión diplomática entre Rabat y Madrid. Benabdellah insistió en que, más allá de las discrepancias, Marruecos sigue comprometido con el diálogo y la búsqueda de soluciones «equilibradas e inteligentes», pero sin renunciar a lo que considera sus «derechos legítimos».
El PPS, fundado en 1974 y heredero de la tradición socialista marroquí, ha sido tradicionalmente un defensor de la soberanía nacional sobre los territorios bajo dominio español en el norte de África. Su postura se enmarca en una línea más amplia del nacionalismo marroquí, que considera Ceuta y Melilla como parte integrante del territorio nacional, una reclamación que el Reino ha mantenido de forma constante en foros internacionales y en sus negociaciones con España.
Benabdellah también planteó una pregunta retórica a sus interlocutores: «¿Cuál sería la reacción si en Marruecos se quemara la bandera española durante una manifestación?». Con esta reflexión, el político buscó subrayar la asimetría en el trato mediático y diplomático que, según su criterio, sufre Marruecos en comparación con otros países. «El pueblo marroquí exige sus derechos con firmeza, pero siempre desde el equilibrio y la prudencia», añadió.
Reunión clave en Marruecos
El encuentro en Driuch, una provincia del norte de Marruecos con fuerte identidad nacionalista, no es casual. La región, cercana a la frontera con España y a las ciudades de Ceuta y Melilla, es un símbolo de la resistencia marroquí a lo que considera una ocupación histórica. En este contexto, las declaraciones de Benabdellah adquieren un eco particular, especialmente en un momento en el que las relaciones entre Marruecos y España han conocido altibajos, con episodios como la crisis diplomática de 2021 o las tensiones por la gestión migratoria y la pesca en aguas del Sáhara Occidental.
El PPS, aunque forma parte del Gobierno de coalición liderado por Aziz Ajanuch, jefe del Ejecutivo marroquí desde 2021, ha mantenido una línea crítica con algunas políticas exteriores, especialmente en lo que respecta a la defensa de la integridad territorial. Su postura sobre Ceuta y Melilla se alinea con la del resto de partidos políticos marroquíes, desde el conservador Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) hasta el liberal Istiqlal, que han reiterado en múltiples ocasiones que la recuperación de estas ciudades es una «causa nacional» no negociable.
Desde el punto de vista legal, Marruecos basa su reclamación sobre Ceuta y Melilla en el principio de integridad territorial y en resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que instan a la descolonización de los territorios no autónomos. Sin embargo, España considera ambas ciudades como parte integral de su territorio nacional, una postura respaldada por la Unión Europea.
Esta discrepancia ha sido una fuente constante de fricción en las relaciones bilaterales, aunque ambos países han logrado mantener canales de diálogo abiertos, especialmente en temas de seguridad, migración y cooperación económica.
El último episodio de tensión se produjo en mayo de 2021, cuando Marruecos permitió la entrada masiva de migrantes en Ceuta como respuesta a la hospitalización en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, sin consultar a Rabat. Este incidente llevó a una crisis diplomática que solo se superó tras un giro en la postura española, que reconoció el plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental como la «base más seria, realista y creíble» para resolver el conflicto.
Ceuta y Melilla en debate
En este contexto, las declaraciones de Benabdellah no solo refuerzan la postura oficial marroquí, sino que también sirven como recordatorio de que el tema de Ceuta y Melilla sigue vivo en el debate político interno. Para el lector español, estas palabras pueden interpretarse como un mensaje de firmeza, pero también como una llamada a la reflexión sobre cómo gestionar las diferencias sin caer en la provocación.
El PPS, por su parte, ha anunciado que seguirá trabajando en la «concienciación» de la opinión pública marroquí sobre la importancia de defender la soberanía nacional, al tiempo que aboga por un enfoque diplomático que evite el enfrentamiento directo. «Marruecos no renuncía a sus derechos, pero tampoco busca el conflicto», concluyó Benabdellah, en un intento por equilibrar la firmeza con la moderación.
Mientras tanto, en España, estos actos de quemar la bandera marroquí han sido condenados por algunas fuerzas políticas, aunque también han encontrado apoyo en sectores de la derecha más radical. Para Marruecos, sin embargo, la cuestión va más allá de un símbolo: es una cuestión de dignidad nacional y de respeto mutuo en unas relaciones bilaterales que, pese a todo, siguen siendo estratégicas para ambos países.
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